La olla de los fideos del mediodía seguía en la pileta cuando nos íbamos a la cama sin hablarnos. Pasó tantas veces que dejé de contarlas: una pelea por los suegros, por el celular en la mesa o por quién lavaba la ropa se enroscaba todo el día y terminaba en un silencio que se llevaba puesto el resto de la semana.
Coordino la salida de camiones y contenedores para una empresa de agroexportación cerca del puerto, y ahí, cuando algo se traba, hay un procedimiento: identificás la causa y la destrabás. En casa esa lógica no sirve de mucho. Con mi mujer, que da clases en la primaria, la pelea de siempre -suegros, ropa, pantallas después de cenar- lleva un par de años dando vueltas, y cada domingo malo dejaba una marca que se notaba hasta bien entrada la semana.
Los domingos siempre terminaban igual
No soy terapeuta ni coach, soy un marido cansado del ciclo de pelear, pedir perdón y quedar en la misma la semana siguiente. Empecé a anotar en un cuaderno qué probábamos para cortar esa cadena, y con el tiempo até dos caminos posibles después de un domingo así: dejar pasar el mal momento o arrancar temprano el lunes con algo chico. No siempre elegí bien cuál usar.
Antes de llegar a lo que sigue funcionando, hubo un intento que no sirvió para nada: agarré un libro de comunicación no violenta, lo subrayé de punta a punta un fin de semana entero, y en la siguiente pelea no usé ni una sola frase de ahí. Quedó en el estante con los marcadores de colores, mientras discutíamos exactamente igual que siempre.
Dejar pasar el mal momento
Mi reacción más habitual, durante mucho tiempo, fue dejar pasar. Me despertaba el lunes, ponía la pava, y actuaba como si el domingo no hubiera pasado. A corto plazo funciona: nadie tiene que decir nada incómodo y el día arranca sin roces. El problema aparece después: dejar que el tiempo lo resuelva solo, sin decir una palabra sobre lo que pasó, deja que el resentimiento se acumule por debajo, y ese peso reaparece en la próxima pelea, más grande que la vez anterior.
Lo que pasa cuando el silencio se estira
Cuanto más se estira ese silencio, más cuesta romperlo. Llegamos a pasar días enteros hablando solo de logística -quién busca a la nena, qué hay para cenar- sin tocar lo de fondo. Ese tipo de silencio no es paz, es una tregua incómoda que cualquier comentario de más puede romper.
Arrancar el lunes con un gesto chico
El otro camino es arrancar antes de que el silencio se asiente. Ya escribí en otro lado sobre eso de cambiar la primera frase con la que arrancás el lunes, así que no lo voy a repetir acá; para esta comparación alcanza con decir que cualquier frase que reconozca que el domingo estuvo feo -no una disculpa formal, solo reconocer el clima- corta el patrón de dejar pasar antes de que se instale.
Lo que puede salir mal: la primera vez que probé esto, un lunes cualquiera, mi mujer me contestó con un monosílabo y siguió doblando ropa como si no hubiera dicho nada. Ahí es fácil pensar que no sirvió de nada y volver al silencio de siempre. Conviene no esperar una respuesta inmediata: ese gesto siembra para el resto del día, no para el minuto siguiente.
Cuando todavía tenés el cuerpo duro por la pelea del día anterior, cualquier gesto cuesta el triple -por eso primero conviene controlar las reacciones físicas al discutir con tu pareja, así el gesto no te sale con los dientes apretados.
Un compañero de la empresa, Mariano, es de los que escuchan sin dar consejos hasta que se los pedís. Un lunes le comenté que había estado raro en casa el fin de semana, y se quedó callado hasta que le pregunté directamente qué haría él. Esa costumbre suya de esperar me hizo pensar que yo hacía justo lo contrario en casa: opinaba antes de que mi mujer terminara la frase.
Hace poco, caminando al laburo un lunes, noté algo raro: no estaba repasando la discusión de la noche anterior. La charla no había terminado con caras largas, y recién ahí me di cuenta de que hacía rato no me pasaba.
Señales de que el lunes funcionó
Hay señales chicas de que el gesto aterrizó bien. El tono baja un par de cambios cuando hablan de las tareas de la casa. Vuelven los chistes internos que solo entienden ustedes dos. Se pueden mirar a los ojos sin que haya una pared de vidrio en el medio, y el tema pendiente -los suegros, la limpieza, lo que sea- se puede tocar sin que la charla se desvíe para otro lado.
A veces alcanza con eso, con un gesto de apreciación temprano, para cambiar el resto del día. Ya escribí sobre unos pasos para expresar gratitud en el matrimonio que terminaron siendo parte de esta misma lógica: reconocer algo bueno antes de meterse con lo que falta resolver.
Las anotaciones de estos dos años de experimentos las hago en el departamento del barrio Arroyito donde vivimos, a pocas cuadras de la cancha de Newell's: una mesa con una lámpara verde oscuro, la notebook abierta en dos pestañas -la planilla de rutas del trabajo de un lado, el borrador de esto del otro- y en la pared, clavadas con chinches, hojas de papel de obra donde anoto qué probamos cada semana. Ese papel tiene una textura áspera bajo la lapicera, distinta a la de cualquier cuaderno común, y a la tarde la ventana que da al patio interno del edificio casi no deja pasar luz.
Cada camino sirve para un momento distinto
Con todo esto sobre la mesa, la comparación queda más clara. Dejar pasar el mal momento sirve cuando los dos están realmente agotados y cualquier palabra esa misma noche va a sumar leña -ahí, unas horas de distancia real ayudan más que forzar una charla. Pero si ese silencio se estira más de un día, o se repite cada semana, conviene el otro camino: decir algo chico apenas se pueda, aunque la respuesta no sea inmediata. La diferencia no pasa por cuál de los dos es el correcto, sino por no quedarse pegado en el primero cuando ya dejó de servir.
Si en tu caso ninguno de los dos caminos corta el patrón -si prueban dejar pasar, prueban el gesto del lunes, y el domingo siguiente vuelve exactamente igual, mes tras mes- ya no es un tema de técnica. Vale la pena hablar con un terapeuta de pareja: hay nudos que un gesto chico de un lunes a la mañana no alcanza para desatar.
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